Estudios Bíblicos Nº 6 El gran
mandamiento (Marcos 12:28-34)
(Mr
12:28-34) "Acercándose uno de los escribas, que los había
oído disputar, y sabía que les había respondido bien, le preguntó: ¿Cuál es el
primer mandamiento de todos? Jesús le respondió: El primer mandamiento de todos
es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu
Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas
tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que estos.
Entonces el escriba le dijo: Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios,
y no hay otro fuera de él; y el amarle con todo el corazón, con todo el
entendimiento, con toda el alma, y con todas las fuerzas, y amar al prójimo
como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y sacrificios. Jesús
entonces, viendo que había respondido sabiamente, le dijo: No estás lejos del
reino de Dios. Y ya ninguno osaba preguntarle."
"Acercándose uno de los escribas"
En los últimos pasajes hemos estado considerando cómo
los diferentes grupos en los que estaba dividido el judaísmo se acercaron a
Jesús con la intención de ponerle en aprietos. También hemos visto que aunque
entre ellos no se llevaban bien, sin embargo, estaban unidos por su odio a
Jesús. La razón última para este profundo rechazo estaba en que él era bueno y
trazaba con fidelidad la Palabra, lo que ponía en evidencia su maldad y la
forma en la que ellos constantemente falseaban las Escrituras. Podrían haberle
amado y admirado, pero se dejaron llevar por la envidia y el odio.
En este escenario, el último en aparecer con una
pregunta fue un escriba. Como ya hemos señalado en otras ocasiones, los
escribas eran los encargados de interpretar la Ley, aunque en realidad su
interés se centraba mayormente en la tradición oral con sus innumerables
supuestos prácticos.
Ahora bien, ¿con qué intenciones se acercó este
escriba a Jesús?
- La
primera cosa que nuestro texto nos dice es que había estado presente en la
discusión que Jesús había mantenido con los saduceos y parecía satisfecho
por la forma en la que les había hecho callar. Esto nos hace pensar que
este escriba era muy probablemente de los fariseos y que por esta razón
había visto con agrado la forma magistral con la que Jesús había defendido
la creencia compartida por ellos en la resurrección. En ese caso, tal vez
quería hacer suyo el triunfo de Jesús sobre los saduceos.
- Por
otro lado, tenemos el pasaje paralelo en el evangelio de Mateo, en el que
se nos dice que el escriba le "preguntó por tentarle" (Mt 22:35). Sin embargo, aunque algo de esto pudiera haber
habido en sus intenciones originales, parece que finalmente hubo cierto
acercamiento a Jesús, con el que quedó admirado al escuchar su sabiduría.
A esto debemos sumar las palabras que Jesús le dijo: "No estás lejos
del reino de Dios" (Mr 12:34). Quizá podemos suponer que en este hombre había
cierta sinceridad en su búsqueda de la verdad, pero que inicialmente
estaba influido por el clima de desconfianza que se respiraba contra Jesús
entre sus correligionarios.
"¿Cuál es el primer mandamiento de todos?"
La pregunta que hizo a Jesús era típica de un escriba
judío. Los rabinos habían identificado 613 mandamientos que dividían de
diferentes maneras mientras sostenían complicadas discusiones. ¿Tenían todos la
misma importancia? ¿Cuál de ellos era el más importante?
Pero dejando a un lado los interminables debates que
los judíos pudieran tener sobre el tema, no cabe duda de que el asunto es
importante y sigue teniendo relevancia para nosotros. Hoy en día muchos
estudian la Palabra de Dios y ponen mucho énfasis en temas como el sábado, el
ayuno, o el diezmo, como si estas cosas fueran las más importantes de la Ley de
Dios. Y por otro lado, está la opinión popular sostenida por aquellos que normalmente
no estudian la Biblia y que creen que si no han matado, robado o violado, ya
han cumplido los principales mandamientos y Dios no les condenará.
Para saber si estas actitudes son correctas, es
importante que volvamos a escuchar nuevamente la respuesta que Jesús le dio al
escriba.
"El Señor nuestro Dios, el Señor, uno es"
Como era habitual en Jesús, él volvió a usar las
Escrituras para dar su respuesta. En esta ocasión citó el resumen que Moisés
había hecho de la Ley:
(Dt
6:4-5) "Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno
es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con
todas tus fuerzas."
Notemos que el primer punto de este resumen consistía
en una declaración del monoteísmo que caracterizó a la revelación de Dios y que
lo distinguió durante milenios de todas las demás religiones de la antigüedad.
La Palabra afirma que hay un sólo Dios que se
identifica con el nombre de Jehová. Él es el Creador y Sustentador de todo
cuanto existe y fuera de él no hay ningún otro. Sólo él ha intervenido en la
historia de los hombres para salvarlos y se ha revelado a través de su Palabra:
(Is
44:6-8) "Así dice Jehová Rey de Israel, y su Redentor,
Jehová de los ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el postrero, y fuera de mí
no hay Dios. ¿Y quién proclamará lo venidero, lo declarará, y lo pondrá en
orden delante de mí, como hago yo desde que establecí el pueblo antiguo?
Anúncienles lo que viene, y lo que está por venir. No temáis, ni os
amedrentéis; ¿no te lo hice oír desde la antigüedad, y te lo dije? Luego
vosotros sois mis testigos. No hay Dios sino yo. No hay Fuerte; no conozco
ninguno."
Pero el hombre no ha querido servir al único Dios
verdadero y constantemente se ha inventado otros. Y la verdad es que aunque han
pasado muchos siglos, el hombre sigue dando culto a las mismas divinidades
paganas del pasado. En la actualidad, uno de los dioses al que la sociedad
rinde su culto en todas partes es el sexo, al que los antiguos griegos llamaban
"Afrodita". Y lo mismo ocurre con otras muchas viejas divinidades
paganas, como por ejemplo el alcohol, al que muchos siguen entregando sus vidas
como si de un dios se tratara, y al que los griegos ya habían puesto el nombre
de "Dionisio" o "Baco"; y lo mismo podríamos decir del dios
de la guerra, el dinero, el placer, la fama, el Estado... Cada vez que el
hombre incrédulo se enfrenta con circunstancias en su vida que escapan de su
control, las atribuye al "Azar", la misma diosa a la que los griegos
denominaron "Tique". Y muchos evolucionistas de la antigüedad, y
también modernos, creen que este dios del "Azar" es el responsable
último de la aparición de los seres humanos sobre la tierra.
Por lo tanto, la primera cuestión con la que nos
tenemos que enfrentar, no es si creeremos en Dios o no, porque como la
experiencia de siglos ha demostrado, el hombre siempre ha creído en algo. El
punto fundamental es si creeremos en el único Dios verdadero o nos crearemos
otros dioses que ocupen su lugar en nuestras vidas.
"El primer mandamiento de todos es..."
Una vez establecido el hecho fundamental de que hay un
sólo Dios verdadero, Jesús pasó a afirmar que éste debía ocupar el lugar
supremo en la vida del hombre.
Esto es algo que debemos recordar constantemente en
nuestras vidas, porque con frecuencia gastamos todas nuestras energías en otras
muchas cosas, dejando a Dios en el último lugar. Atendemos a las demandas y
presiones de otros y nos olvidamos de lo que Dios quiere de nosotros. Y en
otras muchas ocasiones, cuando por fin tenemos en cuenta a Dios, creemos que él
tiene que estar a nuestra entera disposición para librarnos de cualquier
inconveniente o molestia que nos pudiera surgir, como si nosotros y nuestras
circunstancias fuéramos lo más importante en este mundo. Pero con su
contestación, el Señor Jesucristo nos recuerda que Dios debe ocupar la
prioridad en todo.
A continuación explica que la actitud correcta del
hombre ante su Creador debe ser de amor. El hombre debe amar a Dios sobre todo
su ser y con todas sus facultades.
(Mr
12:30) "Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el
principal mandamiento."
Sin lugar a dudas, este es el mandamiento más difícil
de cumplir para el hombre. Las razones son varias:
1. "Amarás a Dios con toda tu mente"
El Maestro añadió "la mente" entre aquellas
facultades que le han sido dadas al hombre y que deben estar involucradas en su
amor a Dios. Tal vez a muchos les parezca extraña esta inclusión, porque
identifican el "amor" con las emociones y no con el intelecto. Algo
de esto parece estar ocurriendo en la actualidad en algunas iglesias
evangélicas, donde lo importante parece ser lo que se siente en los cultos y no
lo que se aprende de la Palabra. Parece como si para poder participar en
ciertos encuentros fuera necesario primero apagar la mente y después dejarse
llevar por el ambiente. También la música cristiana moderna parece estar
diseñada con ese mismo fin. Es triste observar como las letras de las canciones
cada vez son más pobres en contenidos y agotadoramente repetitivas.
Pero el Señor Jesucristo dijo que para amar a Dios es
imprescindible usar también la mente. ¿Cómo podemos amar a alguien a quien no
conocemos? ¿Y cómo podemos adorarle correctamente? La única forma de conocerle
es a través de su Palabra, y si la desconocemos, tendremos que escuchar la
misma reprensión que Jesús hizo a la mujer samaritana: "Vosotros adoráis
lo que no sabéis" (Jn
4:22). Tal vez nuestras intenciones sean buenas, pero lo estaremos haciendo mal.
No se puede amar ni adorar a un Dios al que no conocemos. Al apóstol Pablo le
sorprendió la religiosidad de los antiguos atenienses, que habían llegado
incluso a construir un altar "al Dios no conocido" (Hch
17:23). Inmediatamente comenzó a explicarles quién era ese
Dios al que ellos desconocían para que pudieran adorarle de verdad.
Si no conocemos a Dios, nuestro amor por él no pasará
de ser un sentimiento momentáneo, una atracción vaga y fácilmente pasajera.
2. ¿Cómo es posible amar a un Dios santo?
Pero si en nuestra lucha por amar a Dios tenemos que
reconocer dificultades intelectuales, no son éstas las más difíciles que
tenemos que superar. ¿Cómo puede un hombre pecador llegar a amar a un Dios
santo que aborrece el pecado?
El evangelista Lucas nos relata la visita que Jesús
hizo a casa de un fariseo llamado Simón (Lc
7:36-50). Durante la comida, el Señor le contó una parábola en
la que presentó el pecado como una deuda que no se puede pagar: "Un
acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro
cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Dí, pues, ¿cuál
de ellos le amará más?". Todos podemos entender sin dificultades que
mientras la deuda estaba sin saldar, era muy difícil, por no decir imposible,
que el deudor amara a su acreedor que constantemente le amenazaba con llevarle
a los tribunales. Y una vez más, la sencilla parábola que Jesús contó,
ilustraba de una forma exacta las grandes dificultades que el hombre pecador
tiene para amar a un Dios santo. Pero en un momento del relato, la parábola dio
un giro inesperado: el acreedor perdonó a los dos deudores. Sin lugar a dudas,
en la sociedad es muy difícil encontrar a un acreedor tan generoso y compasivo
que esté dispuesto a perdonar la deuda por completo, borrándola sin más. Pero
el hecho es que esto es precisamente lo que Dios ha hecho con nosotros.
Entonces es cuando tiene sentido la pregunta que Jesús hizo para terminar:
¿Cuál de los dos deudores que habían sido perdonados le amaría más? De repente
todo había cambiado, el acreedor ya no inspiraba temor, sino todo lo contrario.
Y lo mismo ocurre con todo aquel que ha visto cancelada su deuda con Dios;
inmediatamente surge dentro de él un profundo amor y gratitud hacia quien le ha
tratado de forma tan generosa y buena. De hecho, si una vez que hemos sido
perdonados por Dios mantenemos una actitud fría y distante con él, sería más
que razonable dudar de si realmente hemos experimentado genuinamente el perdón
de Dios. Esto era precisamente lo que Jesús quería enseñar al frío y calculador
Simón.
Relacionando lo que acabamos de considerar con el
mandamiento de amar a Dios, tenemos que concluir que es imposible que el hombre
llegue a amar a Dios en tanto que no haya experimentado primero el perdón y el
amor de Dios en su propia vida. El apóstol Juan lo expresó de la siguiente
manera:
(1 Jn 4:10,19) "En esto consiste el amor: no en
que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a
su Hijo en propiciación por nuestros pecados... Nosotros le amamos a él, porque
él nos amó primero."
El amor hacia Dios sólo puede surgir como una
consecuencia del perdón recibido, y la falta de este amor, demuestra
inevitablemente la falta de él.
"Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón"
Amar a Dios le proporciona al hombre la única meta
que, en último término, es lo suficientemente grande como para satisfacer su
intelecto, sus emociones y sus esfuerzos. Cualquier otra alternativa le dejará
con una profunda sensación de insatisfacción, y siempre terminará degradando y
esclavizando su espíritu. Y esta es la razón por la que el hombre moderno busca
frenéticamente nuevas sensaciones y experiencias con el fin de llenar de alguna
manera el vacío que la ausencia de Dios deja en su ser.
Sin embargo, el diablo ha logrado introducir en la
mente y el corazón del hombre la idea opuesta: Dios es un tirano todopoderoso,
decidido a quitarle toda libertad y a negarle los grandes placeres de la vida.
Por eso, el hombre lucha constantemente por liberarse de un Dios así. No
olvidemos que esta fue la tentación que la serpiente presentó a Adán y Evan en
el huerto del Edén:
(Gn
3:1-6) "Pero la serpiente era astuta, más que todos los
animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer:
¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer
respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer;
pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de
él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer:
No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos
vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que
el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol
codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio
también a su marido, el cual comió así como ella."
Adán y Eva decidieron que querían ser independientes
de Dios, decidir por ellos mismos lo que era bueno y lo que era malo. De hecho,
llegaron a imaginar que podían ser sus propios dioses: "Seréis como
Dios". Esto les condujo inmediatamente a la separación de Dios, y a un
sentimiento de culpa y de vergüenza que les hizo huir y esconderse de Dios. Y
todos nosotros les hemos seguido en ese mismo camino de desobediencia e
independencia.
Por esta razón, cuando Jesús fue interrogado por el
escriba acerca de cuál era el principal mandamiento de la ley de Dios, él
volvió al propósito inicial por el que el hombre había sido creado, y que no
era otro que el de disfrutar de todas las cosas en una relación plena de amor
con Dios.
Precisamente ese era el propósito de su venida a este
mundo: volver a reconducir al hombre a esta relación perdida con Dios. ¿Pero
cómo podría convencer a los hombres de que Dios no es un tirano todopoderoso,
tal como el diablo les ha hecho creer? Sin lugar a dudas, éste era uno de los
grandes retos que tenía por delante.
- Para
ello, una de las primeras cosas que hizo fue desenmascarar al diablo.
Habló con total claridad acerca de él: "El ha sido homicida desde el
principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él.
Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de
mentira" (Jn 8:44). La acusación de Cristo quedaba demostrada por
lo que ocurrió al principio de la creación: el diablo aseguró a Eva que no
morirían si comían del árbol, y fue mentira. De hecho, quedó constancia de
que el diablo es un homicida, ya que con sus mentiras condujo a nuestros
padres por el camino que les llevaría a la muerte.
- Pero
aún había algo más que Cristo iba a hacer para ganar el amor de los
hombres para Dios. Como él dijo en repetidas ocasiones, había sido enviado
por su Padre para dar su propia vida para salvar a los hombres. Este sería
un argumento incontestable. ¿Cómo podría el diablo seguir haciendo creer a
los hombres que Dios no los ama si ha estado dispuesto a dar por ellos a
su Hijo amado? ¿Y cómo podrían los hombres permanecer indiferentes ante
esta prueba tan grande de amor?
Después de considerar todo esto, debemos concluir que
el mayor pecado del hombre es que no ama a Dios con todo su corazón, con toda
su alma, con toda su mente y con todas sus fuerzas. Por supuesto, si
preguntamos a la gente, nadie dirá que el mayor pecado es este, tal vez
incluirán el asesinato, la violación, el robo u otras cosas similares. Pero
esta no es la forma en la que lo ve Dios. En este sentido, hay muchas personas
que socialmente son consideradas buenas y decentes, que jamás se les pasaría
por su mente la idea de cometer homicidio o adulterio, pero que sin embargo, a
los ojos de Dios son grandes pecadores debido a que han desplazado a Dios del
centro de sus vidas.
"Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo
como a ti mismo"
Aunque el escriba sólo había preguntado cuál era el
principal mandamiento, Jesús fue más allá en su contestación y también le
indicó cuál era el segundo mandamiento en importancia. Para ello, nuevamente
volvió a citar las Escrituras:
(Lv
19:18) "No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos
de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová."
1. Ambos mandamientos son semejantes
Notemos que Jesús dijo que este segundo mandamiento
era semejante al anterior. Con esto estaba dando a entender que ambos estaban
íntimamente ligados. Si amamos a Dios, necesariamente debemos amar a nuestro
prójimo que lleva la imagen de Dios. El apóstol Juan explicó que era imposible
amar a Dios y no amar a nuestro prójimo:
(1
Jn 4:20-21) "Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su
hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo
puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de
él: El que ama a Dios, ame también a su hermano."
Además, el Señor señaló que este segundo mandamiento
era "semejante" al anterior porque sólo el amor puede ordenar
correctamente nuestra relación con Dios y también con nuestro prójimo.
2. El segundo mandamiento depende del primero
No debemos olvidar que si primeramente no amamos a
Dios, tampoco podremos amar correctamente a nuestro prójimo, porque la fuente
del amor verdadero no se encuentra en nosotros mismos, sino que proviene de
Dios y fluye a través de nosotros.
Esta es la razón última por la que el ser humano no
logra hacer que este mundo sea un lugar donde se respire paz y amor. Un mundo
que ha dejado a Dios fuera de su sociedad, nunca tendrá los recursos necesarios
para manifestar amor y traer paz en la relación con sus semejantes, aunque
irónicamente, seguirá culpando a Dios de todo lo que le ocurre. ¿Quién no ha
escuchado infinidad de veces comentarios del tipo de, "si Dios existe, por
qué hay guerras... por qué permite..."?
Sólo cuando amamos a Dios estamos preparados para
atender las dificultades que nos puedan surgir en nuestras relaciones
personales, ya sea con nuestra esposa o esposo, con nuestros hijos, con el
vecino, el amigo o el jefe...
3. ¿Quién es nuestro prójimo?
Esta fue la pregunta que otro interprete de la ley le
hizo a Jesús con el fin de justificarse (Lc
10:29). Según su interpretación, el "prójimo" sólo
incluía a aquellos que eran judíos como ellos, pero Jesús le contó la conocida
parábola del "buen samaritano" con la intención de explicarle que el
deber de amar a su prójimo incluía también a aquellos que no eran judíos. Y en
otra ocasión indicó que esto incluía también a nuestros enemigos:
(Mt
5:43-47) "Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y
aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a
los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os
ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los
cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre
justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?
¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos
solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?"
4. ¿Cómo debemos amar a nuestro prójimo?
Tal como hemos señalado anteriormente, sólo podremos
amar a nuestro prójimo como un resultado de haber experimentado primeramente el
amor de Dios en nuestras vidas, y este mismo amor es el que tenemos que hacer
llegar hasta nuestro prójimo:
(Jn
13:34) "Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos
a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros."
Ahora bien, para muchos, el amor no es nada más que
una palabra bonita que les gusta usar con frecuencia. Pero si hemos de
concederle el valor que Dios le da, tenemos que decir que es mucho más que un
bello concepto. El apóstol Pablo nos ha dejado un hermoso resumen del tipo de
amor que Dios espera de nosotros:
(1
Co 13:4-7) "El amor es sufrido, es benigno; el amor no
tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada
indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la
injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo
espera, todo lo soporta."
Como vemos, el amor del que Cristo nos habla es ante
todo activo y capaz de sacrificarse. Nada tiene que ver con el concepto pasivo
que algunos han expresado: "no hagas a los demás lo que no quieras que te
hagan a ti". Por supuesto, este principio está bien, pero el Señor
Jesucristo fue mucho más lejos al expresar de una forma positiva y activa cómo
debe ser nuestro amor por el prójimo:
(Mt
7:12) "Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con
vosotros, así también haced vosotros con ellos."
Y por último, en este breve resumen de algunas de las
características del amor que Dios espera de nosotros hacia él y también hacia nuestro
prójimo, tenemos que incluir que este amor está íntimamente ligado con la
obediencia a su Palabra.
(Jn
14:15) "Si me amáis, guardad mis mandamientos."
Cómo decíamos, el amor es mucho más que palabras,
implica acciones concretas. Cualquier madre dudaría si su hija le dijera una y
otra vez cuánto le ama, pero al mismo tiempo le desobedeciera constantemente. Y
por supuesto, lo mismo ocurre en nuestra relación con Dios. El Señor Jesucristo
dijo que la obediencia a su Palabra era una demostración clara de nuestro amor
por él.
Y no sólo esto, también debemos dejarnos guiar por su
Palabra para expresar correctamente nuestro amor. Decimos esto porque con
facilidad expresamos el amor "a nuestra manera", que no es otra cosa
que una forma de encubrir nuestro egoísmo. Por el contrario, la Palabra nos
muestra de qué manera podemos amar auténticamente a Dios y a nuestro prójimo.
Ni aún para esto podemos confiar en nuestro propio corazón.
El propósito de la ley
Al llegar a este punto, si somos honestos, tendremos
que reconocer que ninguno de estos dos mandamientos de la ley son fáciles de
cumplir. De hecho, para nuestra propia vergüenza tendremos que admitir que los
hemos quebrantado innumerables veces.
¡Con cuanta facilidad ponemos por delante nuestras
aficiones, trabajo, estudios y dejamos en el último lugar a Dios! ¡Cuántas
veces hemos sido egoístas en nuestras relaciones con nuestro prójimo!
Por lo tanto, aquellas personas que interpretan estos
pasajes como la forma que estableció el Señor Jesucristo para nuestra salvación
están completamente equivocados. Nadie ha cumplido estos mandamientos, y nadie
se salvará por ello.
¿Cuál es entonces el propósito de la Ley?
1. Manifestar nuestro pecado y llevarnos a Cristo
Este fue el tema de una de las grandes controversias
que Pablo tuvo con los gálatas. Ellos habían empezado a pensar que podían
salvarse por cumplir algunos mandamientos "principales", pero Pablo
les explicó que el propósito de la Ley era "sacar a la luz" el pecado
para que de esa forma fuéramos a Cristo en busca de salvación.
(Ga
3:24) "De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a
fin de que fuésemos justificados por la fe."
O como lo explicó en su carta a los Romanos:
(Ro
3:20) "Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado
delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado."
2. Manifiesta el carácter de Dios
Para todos aquellos que hemos reconocido nuestra
incapacidad de salvarnos por nosotros mismos y hemos acudido a Cristo, la ley
sigue teniendo mucho valor. En ella encontramos manifestado el carácter de
Dios, y de esta manera también aprendemos a amarle.
Además, ahora por medio de su Espíritu Santo hemos
recibido el poder para cumplir aquellos mandamientos que antes nos resultaban
inalcanzables. No olvidemos que "el fruto del Espíritu es amor" (Ga
5:22).
"El amor es más que todos los holocaustos y
sacrificios"
El escriba quedó admirado por la respuesta de Jesús y
sin ninguna reserva manifestó la honda impresión que sus palabras le había
causado. Esto le diferenciaba claramente de sus otros correligionarios que
nunca llegarían a admitir nada bueno en Jesús.
Pero en su confesión, no sólo volvió a repetir lo que
Jesús ya había dicho, sino que dio un gran paso hacia delante cuando afirmó que
el amor a Dios y al prójimo era "más que todos los holocaustos y
sacrificios".
Quizá para nosotros esta declaración no tenga mucha
importancia, pero no olvidemos que él era un escriba del judaísmo, muy
probablemente fariseo, y que para ellos los rituales del templo y las formas
externas de la religión lo eran todo. Para entender esto mejor deberíamos
considerar algunas de las serias reprensiones que el Señor les hizo en otras
ocasiones:
(Mt
23:23-26) "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos,
hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más
importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario
hacer, sin dejar de hacer aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y
tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque
limpiáis lo de fuera del vaso y del plato pero por dentro estáis llenos de robo
y de injusticia. ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del
plato, para que también lo de fuera sea limpio."
En estas circunstancias, su confesión de la necesidad
de una obra interna, vital y espiritual para poder agradar a Dios, se revestía
de mucha importancia. No era fácil que un hombre como él llegara a manifestar
de esta forma tan espontánea y sincera su acuerdo con Jesús en que el
formalismo religioso por sí solo no puede agradar a Dios.
Seguramente esta confesión tan explícita del escriba
fue la causa directa por la que Jesús le dijo que no estaba lejos del reino de
Dios.
Pero llegados a este punto, no debemos pensar sólo en
el escriba. Nosotros mismos tenemos que reconocer que nos resulta fácil dejar
que el "ritual" ocupe el lugar del amor. Podemos participar en cultos
y hasta exhibir cierta piedad en público sin que se corresponda con una
santidad interior y personal. De hecho, la religión es un buen lugar donde
esconderse para no tener que amar a Dios.
El escriba se dio cuenta, y nosotros también debemos
hacerlo, que Dios no está interesado en la mera actividad religiosa, lo que él
está buscando es nuestro corazón. El culto sólo tiene valor cuando está ligado
al amor a Dios y al prójimo.
"No estás lejos del reino de Dios"
Nuestro Señor ensalzó la actitud de este escriba y
reconoció que estaba cerca del reino de Dios. Sin embargo, notamos que no dijo
que ya estaba "dentro" del reino de Dios, sino que "no estaba
lejos". Esta diferencia es vital. ¿Qué le faltaba?
La contestación la encontraremos en el siguiente
párrafo. Allí veremos que el Señor vuelve a referirse a los escribas, y
notaremos que lo que le faltaba era creer en Jesús como el legítimo
descendiente de David, como su Dios, Señor y Salvador. Sólo entonces podría
entrar en el reino de Dios.
Preguntas
1. ¿Qué importancia tiene la declaración de monoteísmo
que Jesús citó: "El Señor nuestro Dios, el Señor, uno es"?
Relaciónela con el tema que estamos estudiando.
2. ¿Por qué cree que es importante amar a Dios con
toda la mente? ¿Le parece que este es un aspecto que se descuida en el cristianismo
actual? Si es así, ponga algún ejemplo.
3. Algunas personas creen que si logran amar a Dios,
de esta forma conseguirán su salvación. ¿Cree que esto es posible? ¿Qué aprende
en (Lc
7:36-50) acerca de esto?
4. ¿Qué ideas ha sembrado el diablo en las mentes y
corazones de los hombres en cuanto a Dios? ¿De qué manera iba el Señor
Jesucristo contrarrestarlas?
5. Razone extensamente sobre el segundo mandamiento:
"Amarás a tu prójimo como a ti mismo". ¿Por qué cree que Jesús unió
este mandamiento con el anterior? ¿Qué tipo de amor espera Dios de nosotros?
¿Quién es nuestro prójimo?
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